Herreros y Alquimistas

Herreros y Alquimistas

Herreros y Alquimistas utilizan los fosfenos

Hace ya varios años que se publicó el libro Herreros y Alquimistas, un ensayo antropológico de Mircea Eliade en el cual se habla del poder de los herreros en muchas culturas, de su capacidad como hechiceros, como alquimistas, como místicos… e incluso como iniciados. El herrero es aquél que transforma el hierro o el acero, u otros metales, en herramientas y armas, a través del fuego y del forjado.

Así pues, el herrero es un alquimista, un transformador, que utiliza los materiales vírgenes que proporciona la tierra, los trabaja, los manipula, les imprime una energía, un esfuerzo, una idea y con ayuda de la fragua, del yunque y del martillo, materializa esas ideas en herramientas, armas o cualquier otro tipo de objeto. Esta capacidad de transformar los materiales que proporciona la tierra en útiles para la humanidad, esta metamorfosis, es una de las causas por las que siempre se les ha considerado como alquimistas y místicos, según el citado ensayo antropológico.

Cuando yo tenía 18 años y terminé mis estudios del colegio, mi padre, que se dedicaba a la cría de caballos, me propuso una idea: ahora que ya tenía terminados los estudios y que debía empezar a trabajar, debía prepararme para ser herrador de caballos, pues parecía ser un buen trabajo con futuro (y pasado). Y así lo hice. Y estudié en varias escuelas y como aprendiz de varios herradores hasta conseguir una buena formación. Pero para ser bueno en ese trabajo, era imprescindible saber forjar. Así que estudié la forja para completar mi educación. Pasé por varios maestros de forja y aprendí no sólo a hacer herraduras de muchos tipos, sino herramientas, forja ornamental, forja artística, etc., y tuve la suerte de tener un maestro de forja que además era un alquimista.

Turley, vivía en el desierto de Nuevo Méjico, USA, en una roulotte junto a su taller de forja. Era indio americano y practicaba Tai Chi. Además de enseñarme a forjar, me contaba historias de antiguos forjadores de muchas culturas. Y siempre me comparaba el acto de forjar el hierro con el acto de forjar la propia alma. Aunque yo era demasiado joven para comprender muchas cosas, la experiencia me impresionó y nuca olvidaré mis días en la casa taller de Frank Turley, que comenzaba su rutina de forja matutina con cantos de indios americanos y practicaba respiraciones de Tai Chi mientras golpeaba el hierro caliente sobre el yunque, con una energía brutal.

Ya en mi casa, tuve durante muchos años mi propio taller de forja, mi fragua y mi yunque, para poder hacer mi trabajo de herrador, el cual dejé años después por problemas de espalda. Aunque conservo mi taller.

Más de 15 años después conocí el Fosfenismo, sus conceptos, sus ideas y sus resultados. Y ahí fue cuando comprendí el libro de Mircea Eliade, sobre las capacidades místicas de los herreros.Aquimistas de los fosfenos Sin intención de criticar el libro, ni de corregir nada, sino más bien de añadir nuevas ideas, me gustaría aportar lo que ahora para mí parece ser la principal causa, quizás desconocida hasta por los propios herreros, de las cualidades místicas de aquellos que forjaban el hierro en sus talleres.

En una esquina, protegida de la luz, está la fragua, en cuyo centro se amontona el carbón formando una especie de volcán, cuyo centro es un cráter por el que sale toda la energía del calor producido… y además una luz blanca e intensa que indica que la fragua está realmente caliente. Normalmente el yunque se sitúa frente a la fragua, de forma que cuando el herrero saca el hierro caliente de la fragua, se da la vuelta y deja el fuego a su espalda para poder ver bien el color del hierro caliente, pues por el color se sabe su temperatura. Y así, vamos viendo cuales son los factores en común entre el Fosfenismo y la forja: tras mirar una luz intensa y casi blanca, el fuego de la fragua, el herrero saca el hierro y se gira hacia la zona más oscura, donde está su yunque, para forjar. ¿Y que se produce así? Evidente: el fosfeno.

Cuando se forja, cuando se golpea el metal sobre el yunque, se puede hacer entre tres personas, entre dos o uno solo. Pero siempre se hace de una manera muy concreta: con ritmo.

Cuando son tres los que golpean, el ritmo es trepidante, cuando es uno solo, el ritmo es más o menos de uno por segundo (¡vaya!). Pero una cosa es importante, aunque es natural: cuando se golpea el hierro, el herrero observa la pieza para darle la forma adecuada, pero siempre que se observa la pieza, aunque no se la golpee, se mantiene el ritmo del martilleo golpeando sobre el yunque, para no perder el ritmo básico. Después la pieza se enfría y hay que volver a calentarla. Y eso produce la alternancia, otro de los factores básicos del Fosfenismo.

Se golpea y se descansa a tiempos más o menos iguales. Dependiendo un poco del trabajo a realizar, los tiempos de alternancia varían, pero siempre existen. Los balanceos se producen de manera instintiva. Al golpear, si uno lo hace siempre desde el brazo, termina agotado. Así que de manera instintiva, poco a poco, uno aprende a golpear desde el centro, desde el «hara». Así pues los balanceos anteroposteriores surgen de manera espontánea al golpear con el martillo. Esto se puede observar si se tiene la suerte de ver a un maestro forjar.

¿Y los mantras? ¿Donde están? Evidente… en el sonido del golpeteo. De tanto golpear, al final se repite en la cabeza, de manera rítmica y constante.

Aunque también es muy posible que muchos herreros recitaran oraciones o plegarias o cantos indios, tal y como hacía mi maestro Frank, dependiendo de la religiosidad de cada uno. En Japón, los forjadores de espadas son de una espiritualidad extrema, pues ellos imprimen su carácter a sus espadas, y la mayoría de ellos desean que sus espadas no sean para dar muerte sino para proteger la vida. Suelen vestir de blanco y realizan rituales de purificación antes y durante la forja. Y sin saberlo, mientras forjan hacen Fosfenismo.

Hay una leyenda que dice que dos maestros forjadores hacían las mejores espadas de Japón. Pero uno las hacía para defender la vida y el otro para matar. Los mejores filos, los mejores aceros. Para distinguirlas, un día un samurái las puso en un río con el filo sobre el agua. Las hojas de los árboles caían al río y flotaban por él. Al llegar una hoja a la primera espada, la hoja pasó por el filo y se cortó en dos. El mejor acero. El mejor filo.

Hizo lo mismo con la segunda espada pero cuando la hoja iba a tocar el filo, la espada se desvió ligeramente. La hoja no esquivó la espada sino que la espada fue quien esquivó a la hoja. Porque estaba hecha para proteger la vida. El mejor espíritu.

¿Será posible imprimir ese espíritu sobre la materia, si además de forjar y desear que esa espada sea para proteger la vida, amplificamos y purificamos nuestros pensamientos con la practica, consciente o inconsciente del Fosfenismo? Me resulta muy curioso poder observar y comprender a través del Fosfenismo que sí, que los herreros podrían perfectamente ser místicos, hechiceros, iniciados o alquimistas,

No sólo por su capacidad de transformar la naturaleza, los minerales, en herramientas de uso humano, sino por su práctica constante e inconsciente de la base de todas las religiones: el Fosfenismo. Hoy en día se han perdido muchos de los trabajos tradicionales, como los herreros y otros, que podrían facilitar a las personas la práctica de técnicas fosfénicas de manera inconsciente, con los mismos beneficios que hacerlo de forma consciente, y que esa práctica ayudara en la evolución personal y espiritual de las personas.

Quizás la revolución industrial, que mecanizó muchos de estos trabajos, ha sido una evolución y revolución social y económica, pero quizás también ha sido un involución y un retraso para el desarrollo espiritual de la humanidad. Quizás no hay menos duendes y hadas sino que ya no somos capaces de verlos. Quizás…

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Daniel Fernández Ruano

Vitoria, 20-08-07