Curso de Fosfenismo

Amparo: curso de Fosfenismo en la naturaleza

Curso de Fosfenismo en la naturaleza. Matarraña 2014

Amparo Olmeda

El domingo, segundo día del curso de Fosfenismo en la naturaleza, fue bueno, muy bueno. Por la mañana estuvimos en la cueva-ermita de la Magdalena, dedicados a la meditación del animal de poder y la meditación de los ancestros, y por la tarde en el Salt, a la del árbol de poder. Entremedias, en la ermita de la Fuente comiendo y descansando, un lugar en el que estuvimos la víspera y donde ya hemos estado otros años, y que cada vez me gusta más. Dieciséis caños manando agua de la pared de la ermita, bajo unas arcadas que proporcionan cobijo y sombra, y donde el sábado hice mi particular prólogo de la meditación de la tarde en el Salt.

Lo especial de ese día fue darme cuenta de la importancia de la experiencia grupal: mis experiencias personales, mis vivencias, han sido buenas aunque carentes de la intensidad de otros años, pero lo bueno de verdad ha sido la experiencia como componente de un grupo, y ésta ha sido intensa, dulce y emotiva; muy buena, bonita y enriquecedora. Y no se trata de que antes de ahora no haya tenido buenas experiencias grupales, ni mucho menos, pero parece que esta vez la he vivido dándome cuenta, de una manera que hasta ahora, al parecer, se me había pasado por alto.

Este año, al igual que el anterior, hemos trabajado en grupos predeterminados que no han variado en los tres días del curso de Fosfenismo en la naturaleza. Me ha gustado sobre todo formar parte de mi grupo y saberme parte de las experiencias de todos y cada uno de ellos, mis chicas y mi chico.

En la Magdalena me concentré en mi animal de poder, ya encontrado hace un par de años, un oso pardo grande e imponente. Como entonces, intenté subirme en su lomo, con la diferencia de que esta vez lo conseguí: cabalgar a lomos de un oso pardo por una pradera (oso que no mostraba hostilidad pero que al principio tampoco me permitía muchas confianzas) ¡A veces la vida tiene sus momentos!

En un momento dado, creo que fue después de esto, sin saber cómo, me encontré como por arte de magia en la cocina de la casa de La Fresneda, la sala-cocina-comedor de mi casa en estos días; no sé cómo ni por qué, el caso es que mi conciencia se desplazó hasta allí. Me sorprendí un poco al principio pero se me pasó enseguida, al fin y al cabo en Matarraña voy de sorpresa en sorpresa. El propósito de la meditación de los ancestros es sacar al antepasado del anonimato de una larga sucesión de personas que nacieron y murieron antes que nosotros, y convertirlo en un guerrero, en un héroe.Curso de Fosfenismo: OM

Mientras estábamos en la Magdalena, de vez en cuando entraba un soplo de aire, una brisa suave, fresca y vivificante, uno de esos regalos de la cueva, inopinados y confortantes. El ejercicio terminó formando una gran rueda entre todos, y en el centro como pasivos aquellos que no lo habían sido en sus respectivos grupos, con balanceo circular  y entonación del mantra RA SI FU a la vez que los activos visualizábamos una corriente de aire girando sobre ellos. Justo cuando nos disponíamos a empezar entró un buen soplo de aire, mucho más intenso que cualquiera de los anteriores. Fuerte, refrescante, renovador. Fue como un regalo, como reconocer a un aliado. Así es la Magdalena: el anfitrión perfecto, por esto y por muchas cosas más. Me reafirmo en lo que ya dije en otra ocasión, que es un lugar con conciencia de sí mismo, lúcido y sutil.

Nada más acabar, Sensei nos apremió a salir de allí, previamente ponernos «deberes»: reconocimiento y gratitud a la Magdalena, algo que se manifieste en hechos reales en algún momento de nuestra vida cotidiana en forma de acciones desinteresadas que favorezcan a alguien; o renunciando, desprendiéndonos de alguna de nuestras pequeñas mezquindades.

Fue muy bonito y armonioso, y en ese particular estado de recogimiento que me dejó, bajé por el sendero junto a mi amiga Carmen, compartiendo camino y silencio. Y dejo atrás la Magdalena dando las gracias públicamente, desde aquí, a mis chicas y a mi chico, mi grupo, por dejarme participar de sus experiencias y vivirlas con una alegría y una emoción casi como si fueran propias. Y cómo no, gracias también a la cueva de la Magdalena.

La cascada del Salt estaba seca, no caía ni un hilito de agua, pero eso no importó pues nos pusimos en el mismo cauce del arroyo, descalzos sobre las piedras mojadas, así que tuvimos agua para tomar y dejar. No nos molestaron las moscas, y las chicharras fueron discretas, de vez en cuando cantaba algún pájaro y cuando el pasivo de turno contaba sus experiencias a los demás, una gran libélula revoloteaba por encima de nosotros. Sentada en el centro del grupo, ojos cerrados, podía distinguir tres corrientes de agua a nuestro lado y su rumor lo llenaba todo, se me agitó la respiración prácticamente desde el primer momento, y una sensación de vértigo se me instaló a la altura del ombligo, y ha sido una constante durante tres días entre mi ombligo y mi corazón, según el lugar y el ejercicio correspondiente. Me concentré en mi árbol de poder, el laurel, que me acompaña desde la primera vez que hice este ejercicio, hace algunos años. Primero me vi tumbada en el suelo y un laurel me nacía del ombligo, después estaba de pie y el árbol y yo íbamos fundiéndonos el uno en el otro, y a continuación me salían ramas y hojas de las manos y del pelo. Es una imagen que después he visto en las esculturas de Bernini y de Jakob Auer representando la transformación de Dafne en un laurel. Dafne era una ninfa de los árboles que huía del dios Apolo, enamorado de ella, y a punto de verse atrapada pidió ayuda a su padre, el dios río Ladón, que in extremis la transformó en laurel para salvarla de Apolo.

Además en otro momento, sentí claramente que otra corriente de agua se sumaba a esas tres de las que estuve pendiente al principio, como si alguien hubiera abierto otro grifo. También percibí un rumor de piedrecitas moviéndose, de los cantos rodados del lecho y las orillas del arroyo; se trataba de un rumor suave y apenas duró unos instantes, pero un poco inquietante sí que resultó porque las piedras no se mueven solas y allí estábamos nosotros solos. Y ahora al escribir no puedo evitar comparar ambas con la percepción que tuve en la Coveta de la voz entonando Om con nosotros.

Mi experiencia y las que relataron mis compañeros, a cual más bonita, más la noche que se nos echó encima, las cosas que allí pasaron, todo formó un cuadro un tanto irreal, un poco mágico, a pesar de la humedad y los pies mojados. Y todo eso fue posible gracias, simplemente, a la proyección de la respiración.

El año pasado la cascada caía caudalosa y ruidosa y yo estaba con mi grupo casi al lado: el simple sonido de agua cayendo con fuerza se fue transformando en ruido de hombres corriendo. Para explicarlo en pocas palabras: aquello parecía el ruido que hacían muchos hombres corriendo precipitadamente. Hombres, varones. Huyendo. Fue una experiencia extraña y absurda. No logré ni comprenderla ni zafarme de ella y terminé muy enfadada.

Esta experiencia me resultó incomprensible y me dejó una sensación extraña hasta que unos meses después, sería octubre o noviembre, viendo una película en la tele, reconocí aquella carrera de hombres que parecían huir de algo. Fue como un mazazo pues era algo así como poner imágenes a una sensación; no sé explicarlo de otra manera. La película en cuestión es El águila de la novena legión y narra, muy a grandes rasgos, la peripecia de un centurión romano que llega a la actual Escocia en el año 140 d.C. para averiguar qué le ocurrió a su padre 20 años atrás en aquellas tierras, a él y a la legión que comandaba, la Legio VIIII Hispana, desaparecida misteriosamente. El joven centurión no es precisamente bien recibido por las tribus de las tierras de Caledonia, donde se adentra en un intento de recuperar el águila, emblema de la legión perdida. En un momento dado tiene a todos los hombres de una tribu persiguiéndole, y aquí es donde aparece la similitud con mi visión en la cascada. Sólo que no eran hombres a la fuga, sino perseguidores, corriendo a pie a toda velocidad, con una furia en verdad primitiva y temible.Curso de Fosfenismo: testimonio de Amparo

No os imagináis lo que fue para mí reconocer en aquella carrera de hombres persiguiendo a un extranjero, un intruso, mi visión de tres meses atrás provocada por el ruido de una cascada, mientras veía tranquilamente una película de romanos, que no había visto nunca antes y de la que ni siquiera había oído hablar. Fue una verdadera conmoción.

Ni qué decir tiene que no entiendo nada, que no sé qué tengo yo que ver con una película, ni con un centurión romano que vivió hace casi dos mil años, ni con su hijo ni con sus perseguidores. Pero por alguna razón, el sonido fuerte y bronco de una cascada me trajo la evocación de una persecución, lejana en el espacio y mucho más lejana aún en el tiempo.

El sábado, primer día del curso de Fosfenismo en la naturaleza, después de comer tuve que llamar por teléfono a mi amigo Vicente, sentía esa necesidad. He compartido con él varias veces el curso de Fosfenismo en la naturalezas y además compartimos grupo hace dos años en el Masmut, pero este año no vino y después de la práctica de la mañana en ese lugar no podía dejar de pensar en él, y tuve que llamarle; hablé con él y me quedé tranquila. Son esos extraños efectos del curso de Fosfenismo en la naturaleza, nunca se sabe el qué, ni cómo ni cuándo. Lo mismo me había pasado el viernes por la noche: al bajar de Santa Bárbara de la presentación del curso de Fosfenismo en la naturaleza y los primeros ejercicios tuve que telefonear a mi pareja porque no podía pasarme sin hablar con él. Y eso que cuando estoy en Matarraña se me activa automáticamente el modo desapego, incluso antes de ponerme en marcha, ya con los preparativos del viaje.

En el Masmut se trataba de ser capaces de desdoblar la energía del lugar, desde el ombligo. Y trabajar contrarios: allí al aire libre, bajo el cielo, y por la tarde, en el interior de la tierra y en absoluta oscuridad. Cuando llegamos, sobrevolando la montaña había un buen grupo de buitres que poco después se desplazó hasta el extremo; al poco rato desaparecieron y ya no volví a verlos más en todo el tiempo que estuvimos allí.

Este paraje es infinitamente bello pero, las cosas como son: él y yo no estamos hechos el uno para el otro, y siento una gran añoranza del Convent de Nuestra Señora de Gracia, cercano a La Fresneda, el sitio al que hemos ido en años anteriores, y que en cierta ocasión me trató como a una reina.

Por la tarde, después de comer en la ermita de la Fuente, fuimos a la Coveta de l’Aigua. Quiero decir antes de nada, que la primera vez que estuve aquí encontré mi piedra de poder. Parecía un diamante con talla de brillante, pero pasado el tiempo y algo más familiarizada con cuarzos y cristales, me he dado cuenta de que aquella piedra espectacular que se me apareció es un cristal de cuarzo, sin duda.

Cuando estuve de pasiva volví a experimentar la sensación de que la cueva está ligada a lo carnal, a lo uterino, a la sexualidad más primaria, ésa sin la cual la vida simplemente no existiría. Intentaba concentrarme en mi piedra de poder, me venían imágenes de raíces entrelazándose a mi alrededor, tejiendo lo que parecía un capullo alrededor de mi cuerpo, envolviéndome, y al rato una voz sin voz me dijo estás a salvo, estás en casa. Sorpresa ¿A salvo de qué? Puse toda mi atención esperando una explicación, que me dijera alguna cosa más, no sé, algo. Pero eso fue todo, un mensaje claro pero escueto. No os imagináis la sorpresa que me llevé, ni lo que sentí, no puedo expresar lo que esto significa para mí ¿Cómo no voy a querer a la Coveta?

No sé en qué momento, estando de activa, sentí claramente una voz entonando OM con nosotros. La oía casi a mi lado, a mi derecha, y sabía que allí no había nadie más, pero no pude evitar mirar a mi alrededor varias veces. Me extrañó escuchar una sola voz, porque esto ya me había pasado en otras ocasiones, pero no aquí, sino en una sala haciendo prácticas de Fosfenismo con más gente y entonando OM, y siempre eran varias las voces que venían a acompañarnos, sumándose a nuestro mantra. En cualquier caso, había pasado mucho tiempo desde la última vez y fue una sorpresa muy agradable. Así es la cueva, impredecible y compleja, y a lo largo del tiempo me ha mostrado su faceta más primaria y también otras más sutiles.

No pude terminar de proyectar sobre la última del grupo que quedaba porque fui perdiendo la voz progresivamente después de reincorporarme como activa,  hasta casi no oírme ni yo, así que salí de la cueva para no tentar a la suerte con problemas de garganta. Siento no haberme quedado hasta el final, pero no pudo ser.

Una vez fuera me quité la ropa de abrigo y me quedé allí sentada tranquilamente, charlando y disfrutando del aire libre y de la vista del sol entre las ramas de los árboles. Una vez abajo y para llevárnoslo todo en el cuerpo, nos quedamos contemplando la puesta de sol, igual que lo hicimos la víspera desde lo alto de Santa Bárbara. El curso de Fosfenismo en la naturaleza empezó y terminó en el alto de Santa Bárbara de La Fresneda. El viernes por la tarde mismo empezamos con los ejercicios de proyección en los grupos sobre un pasivo y cuando fue mi turno tuve que ponerme boca abajo, algo que nunca habíamos hecho antes, que yo recuerde. Allí tumbada sobre una piedra, que aunque suene raro era cálida y acogedora, me brotó del pecho, un jadeo hondo, ronco e imparable, que me duró todo el rato que estuve tumbada. No sé explicarlo de otra manera, ni eso ni que casi me sentía fundida con la piedra. Para mí fue bien pero un poco duro para mis compañeros. Cuando me tumbé ya se había puesto el sol pero aún había algo de claridad, y al incorporarme era noche cerrada, de modo que al volverme boca arriba me sobrecogió el espectáculo de todas aquellas estrellas sobre el cielo oscuro. Fue algo totalmente inesperado, y además hacía mucho, mucho tiempo que no veía un cielo estrellado así. Fue bárbaro.

El lunes de nuevo en Santa Bárbara no me sentí con fuerzas para hacer la meditación del cosmos y tenía mucho frío, pero sí hice el ejercicio de convergencia ocular, para facilitar la expansión de conciencia. El ejercicio consistió en aspirar luz por el entrecejo, puntos de luz que se acumulaban en el ombligo, y desde allí se expandían primero por el cuerpo y luego salían como un géiser expandiéndose por la comarca y los lugares en los que habíamos estado.

Como colofón, visita a Óscar, la gran carrasca. Me resulta particularmente difícil la práctica de «entrar» en el árbol, así que por eso me sorprendió mucho descubrir a mi cuerpo de luz deslizándose por entre sus raíces. No recuerdo que Sensei nos indicara que lo hiciéramos así, con el cuerpo de luz, ni tampoco me recuerdo haciendo ningún esfuerzo de voluntad por hacerlo, pero surgió así y lo disfruté mientras duró.

El objetivo del curso de Fosfenismo en la naturaleza de este año era dar espacio a nuestro espíritu, dar presencia al espíritu de todos y cada uno de nosotros. La verdad, mucho me temo no haber sabido captar el verdadero alcance de esta demanda, aunque voluntad le he puesto. Y ya no puede ser porque el curso de Fosfenismo en la naturaleza terminó hace muchos días, pero la sombra de Matarraña es alargada y ya sabemos que no sabemos ni cómo ni cuándo.

Hasta siempre. Un abrazo grande grande.